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Las sociedades angloparlantes tienen muchas virtudes. Una de ellas es la de darle nombre a todo aquello que no lo tiene. Así, algo que no dejaba de ser una curiosidad pasa a tener una nueva entidad y un nuevo sentido, por el simple hecho de poder ser nombrado y definido. Un suceso de este porte ha ocurrido en torno al lugar donde vivo:  hablamos  del shoefiti (de la unión de shoe+grafitti).

Las zapas del Ejercito eran mucho mas feas, muchísimo.

Tengo treinta y cuatro años y desde que tengo uso de razón ha habido profusión de calzado colgado por el barrio. Siguiendo la carretera de Extremadura, desde la altura de Campamento hasta Cuatro Vientos puedes encontrar multitud de cuarteles e instalaciones militares. Ahora se ven prácticamente abandonadas, pero cuando existía la “mili” estaban atestados de militares y todos teníamos un primo cumpliendo con la patria en alguno de ellos.

La cosecha de zapatos tenía dos etapas: una primera leve pero continua y otra realmente espectacular y explosiva. Hablamos de los 80, aunque puede que sucediese ya mucho antes.  Salvo las primeras semanas, o mientras duraba la instrucción, los reclutas no salían de su cuartel, pero a partir de ahí lo habitual era que tuvieran permisos de fin de semana. La antigüedad es un rango en todas partes y por entonces, un “militroncho” con seis mese de mili era todo un veterano. A las nuevas quintas de reclutas los martirizaban sustrayéndoles el calzado. Perder el material suponía un arresto seguro a la víctima y eso debía de ser divertido. Hacer la mili suponía también en la mayoría de los casos no tener un pavo, así que el desfile de “chavalillos” con el pelo rapado por los aledaños de la N-V esperando el autobús o haciendo dedo los viernes era espectacular. El caso es que una vez fuera del cuartel había que hacer algo con las botas -o las zapatillas de deporte reglamentarias y horribles- sustraídas al despreciable recién llegado. Acababan atadas y colgadas en árboles, cables telefónicos e incluso postes de la luz. Luego se juntaban en pubs que vivían prácticamente de este tipo de clientes con las mujeres de peor fama del barrio.

Lo realmente espectacular sucedía no recuerdo en qué momento pero de golpe. De la noche a la mañana.  Recuerdo que las botas militares eran apreciadas en aquel entonces -nunca han dejado de ser ofertadas en el Rastro- y los recién licenciados las conservaban. Pero las odiosas, feas y duras zapatillas de deporte no las quería nadie, eran peores que la carne del pescuezo -esta expresión la escuché hace poco en el pueblo de Sweetchu-. Las zapatillas no se conservaban, y había que darles salida. Las hogueras de San Juan -que son más viejas que San Juan- queman lo que queremos olvidar o purificar mediante el fuego. Aquellos que finalizaban el servicio militar obligatorio, aunque no las quemaban, al atar sus zapatillas, colocarse debajo de un cable y lanzarlas hacia arriba estaban haciendo eso mismo. “Hasta siempre, ahí os quedais que yo me voy”. Acababan de colgar las botas.

Recuerdo en especial un cable doblado por el peso del calzado, al pasar medio dormido por la Avenida de la Aviación, una mañana tras otra, en el ’39’, camino de clase. Alguien seguro que sabe de qué cable hablo. Era un bonito espectáculo.

Claro que el shoefiti no se inventó en el sudoeste de Madrid y dudo que alguien demuestre dónde se inventó. Posiblemente los romanos ya colgaban sus sandalias. Quizá esa primera vez ocurrió con un poste telegráfico de Norteamérica como protagonista hacia el 1900. Pero por mucho que se haya extendido por Los Ángeles o Malasaña no encontraréis un lugar donde fuese practicado con tanta profusión  como en Campamento.

Lo que siempre fue una tradición, una travesura, una forma de decir “se acabó” se ha convertido en la manera de marcar el territorio de los aprendices de pandilleros. Hemos evolucionado, lo de mear ya no funciona  y había que buscar algo.

Bonus:  aquí podeis ver unas fotos de los cuarteles abandonados. Antes estaban llenos de fantasmas, y como ves, ahora también.